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El poder y la pasión

El cantante francés dio este miércoles 26 un sorprendente primer concierto en Chile, marcado por el encuentro entre el sello dramático y severo de su puesta en escena, y la calurosa acogida de la audiencia.

27 de Marzo de 2014 | 11:06 |

Venía precedido por la salida de su disco debut hace justo un año y por la llamativa presencia de sus videos, y el debut de Woodkid en Chile fue una primera muestra palpable del arrastre logrado por este cantante francés, quien en vivo en Santiago protagonizó un intenso encuentro con sus seguidores locales este 26 de marzo en Matucana 100.

"Conocen todas las letras", fue, dicho con sorpresa, uno de los varios comentarios que hizo sobre el escenario Woodkid, es decir, el músico y realizador audiovisual Yoann Lemoine, en el inglés con acento francés que emplea para comunicarse con el público. En efecto la audiencia recibió con ovaciones consecutivas éxitos como "I love you" o "The golden age" (del citado disco The golden age, 2013), o incluso canciones más tempranas como "Brooklyn" (de su EP Iron, 2011), en cuya letra el cantante deslizó un guiño a Santiago.

Woodkid alimentó esa entrega del público con un show basado en el poder de la música y las imágenes, y con la particular alineación de instrumentistas con que se presenta en vivo: dos percusionistas de fondo, un bloque de bronces con tres músicos a cargo de trompeta, tuba y trombones a un lado, y una dupla de piano y efectos electrónicos al otro. Y esa simetría es del todo coherente con la propuesta completa del cantante, que atraviesa por igual la música, la escenografía, la iluminación y las imágenes.

Lemoine construye un mundo escénico portable determinado por una música que suena al mismo tiempo marcial y dramática, sin dejar de ser pop e incluso bailable, como queda demostrado en la última parte del concierto. Para eso se vale de elementos simples, subrayados y amplificados. El frecuente timbre del piano como base de muchas composiciones fija desde la base un sello solemne, que podría ser llamado "clásico". Hay sonidos y efectos electrónicos, pero sobre todo es llamativo cómo el cantante confía en los instrumentos análogos para poner en marcha su música. El trío de bronces marca las melodías más recordables de estas composiciones, y la dupla de percusionistas es capaz de dar al espectáculo desde el sello militar de los redobles de tambor, hasta la intensidad creciente de la música electrónica bailable, pero hecha a mano.

Todo en riguroso y despojado blanco y negro, cuadro que es completado por una iluminación dinámica, incluidos los reflectores que hacia el final apuntan al cielo, y sobre todo por las proyecciones sobre la pantalla que son parte indispensable del concierto. La fama de sus videos precede a Woodkid, y en vivo un estímulo igual de importante que la música es el de las imágenes, desde esas manchas abstractas —y también simétricas— a modo de un monumental test de Roschard, hasta esas esculturas y arquitecturas de estética severa y totalitaria que acompañan el clímax final del concierto, y que caracterizan su trabajo.

Ese cierre terminó de confirmar el encuentro cultural que fue el debut de Woodkid en Santiago. Una buena cantidad de incondicionales llegó a ver al músico francés y con la ayuda de la barra abierta, cortesía de la marca de vodka auspiciadora (Absolut), el ambiente festivo estaba declarado desde temprano, a la hora en que el músico Andrés Bucci dio la partida al espectáculo. Horas más tarde era una juerga futbolera. "Olé olé olé olé / Wudkid, Wudkid", fue el grito de barra brava con que la audiencia asaltó al propio cantante, sonriente y visiblemente sorprendido por el recibimiento, como evidencia final del contraste que marcó su debut en Chile entre el poder de la puesta en escena y la pasión de la audiencia.

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