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Gabriela, de cordillera a mar

Miércoles, 15 de Noviembre de 1995

Marcela Godoy Divin

Hoy se cumple un nuevo aniversario del otorgamiento del Premio Nobel a Gabriela Mistral. Y aunque la distinción enorgullece a los chilenos, y mucho se ha escrito y hablado sobre la poetisa, ella sigue siendo una desconocida. O, mejor dicho, una mal conocida. ¿Es que aún no la vemos por tenerla demasiado cerca?
Aproximarnos a la Gabriela real, dar ese paso aparentemente corto, supone traspasar una barrera de elementos que lo obstaculizan. Porque tanto su vida como su creación literaria escapan, en general, a todo intento de tipificación o clasificación convencionales. Y así, en ese terreno propio y particular donde se despliegan, han dejado vía libre a la imaginación y, sobre todo, a los prejuicios.

Inteligencia y talento eran un fardo nada liviano en una mujer de principios de siglo. Atributos todavía más complejos si se ha nacido en hogar humilde en que se careció del apoyo paterno. Y mucho más aún, si estamos hablando de una mujer en que no se cumplieron ciertas instancias propias del orden social, como lo son el matrimonio y la maternidad. Extraña a sus sellos, sería una suerte de marginada. Pero una marginada que nadie podía pasar por alto, en el camino cuya meta final era la gloria.

Más allá de las categorías sociales, el amor no fue un sentimiento desconocido a la poetisa. Muy lejos de eso, tanto su poesía como su prosa nos enseñan que ella lo vivió intensamente y en todas sus variantes. Y en particular, el sentimiento amoroso de una mujer por un hombre.

Así lo dan a conocer las ``Cartas de Amor de Gabriela Mistral'', en selección de Sergio Fernández Larraín, dirigidas a diferentes destinatarios, en el que destacan, por cierto, las enviadas a Manuel Magallanes Moure, quien fuera tal vez su gran amor. Prosa estremecida, desbordante de pasión, que conmueve y tiene la virtud de avergonzar, tal vez, a muchos, haciéndoles sentir su precario universo amoroso. ¡Qué lección nos da Gabriela! Esa copa colmada, y destinada tal vez a no vaciarse nunca, según sus propias palabras, es la misma que se desborda hacia todo lo que ella quiso: personas, animales, paisajes, elementos de la naturaleza, Dios. Y que al ser objeto de sus sentimientos, lo son también de su pluma.

Someter a la Mistral a los esquemas de quienes han ensayado en ella más de un intento de clasificación es empobrecerla. El ejercicio no es sino el hilo conductor hacia los mitos que contribuyen a velar su imagen. Se ha dicho, por ejemplo, que así como Neruda está asociado al mar, la poetisa lo está a la cordillera, a la esperanza de su geografía natal. La afirmación no va mucho más allá de confundir el continente con el contenido. Es cierto que Lucila nació en el Valle de Elqui, región que amó y que, no obstante sus muchos desplazamientos por el mundo, nunca olvidaría, pero la visión del paisaje marítimo está también notablemente viva en la creación de la poetisa.

Tanto en su poesía como, sobre todo, en su magnífica prosa. Son elocuentes en ``Elogio de las Cosas de la Tierra'', selección de Roque Esteban Scarpa, sus páginas dedicadas al agua, a la arena y al mar, donde da cuenta de una gozosa experiencia en torno a estos elementos. De este libro, las siguientes imágenes juveniles pertenecen a ``La Medusa de Guayacán'': ``Cuando salí de mi bolsillo montañés como el marsupial del saco materno y llegué al mar de La Serena, mi primer encuentro con él se llamó miedo infantil. El segundo, en la Punta de Teatinos, este se llamaría euforia. Mas el tercero, me lo tuve en la Playa Guayacán Herradura y éste se llama idilio. Eran incontables los ``beira mar'', los rincones marítimos, las caletas perdidas que había de tener en todas partes... Nos ataranta el mar fuerte; la costa larguísima no se disfruta: la línea recta es sólo goce de sí misma, pero el mar dulce metido en bahía o ensenada, éste es el que nos contornea, nos mira, nos mece y nos conversa''... ``Las dunas de la Herradura dan para todos los niños de las dos ciudades, el tendal de almejas y el luche nutridor dan de sobra para los vagabundos ``sin blanca'' y el silencio da... para ángeles y hombres''.

Una visión posterior, patinada por la mano del tiempo, la hace exclamar con melancolía: ``De nuevo el mar, el mar cantado y eternamente inédito, otra vez su luz grande en mis ojos y su don de olvido''.

En el transcurso de sus variadas estancias, el largo y también recovequeado Océano Pacífico de la zona central de La Serena y Coquimbo se le transmutaría en el mucho más frío de las costas de Punta Arenas, y después, en los navegados mares aztecas, en las cálidas playas del Brasil y en las más antiguas y dulces del Mediterráneo.

Conocer a la Mistral de cordillera a mar, es decir a todo lo ancho del territorio de Chile, es una forma de aprehender su imagen real. Y de conocerla, no de punta a cabo o de pies a cabeza, sino desde un extremo a otro de sus brazos abiertos, con todo lo que en esa extensión tiene cabida. Mejor aún, en este nuevo aniversario, es una manera de abrazarla.

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